En medio de la industria, atrapado por el cemento y protegido con un neumático, sobrevive quizá el último chagualo de este barrio céntrico de Medellín. Es de flores amarillas, un puntico de alegría, un oasis en medio de la nada, en medio del gris al que el ser humano se va acostumbrando.
“¿El Chagualo?” “¿Qué es El Chagualo?” Es una pregunta recurrente incluso entre sus mismos habitantes, porque pocos saben que así es que se llama precisamente uno de los barrios de La Candelaria.
Los unos creen que viven en Sevilla, o que simplemente es el Centro. Otros, aspiran a llamar su barrio Los Álamos; pero a pesar de los pesares, este barrio se llama El Chagualo, así como el árbol de flores amarillas o rosadas, que al ser guardadas en un libro, conservan ese aroma floral que se antoja a enamoramiento.
Es más, El Chagualo está perfectamente delimitado. Entre las avenidas del Río y Ferrocarril y la glorieta de Fatelares y la Calle Barranquilla, se congrega la industria, el comercio y la vivienda, como un todo, como un núcleo y a la vez desperdigados, ajenos los unos de los otros.
El barrio pareció dividirse en dos, en el momento que comenzaron a surcar los cielos las edificaciones que hoy componen las unidades residenciales Paseo Sevilla, Ciudadela Sevilla y Torres de la Fuente, que si bien hacen honor a un sector distinto, pertenecen a El Chagualo.
Así, quedó por un lado el antiguo Chagualo, el del comercio y la industria, calles barriales donde se puede comprar madera, intercambiar chatarra, mandar a arreglar el carro o adquirir el mobiliario para remodelar el baño. El antiguo Chagualo de casas grandes, a la vieja data, unas para vivir y otras para guardar retazos, espumas o telas.
Al otro lado, el nuevo Chagualo, el de los edificios, el de las piscinas y parques recreativos, apartamentos como una cajita de fósforo, desde donde ajenos y altivos, los habitantes pueden ver el resto del barrio, al que no parecen pertenecer. De hecho, quienes habitan los apartamentos, según dicen, temen cruzar las calles de sus vecinos. Pero acaso ¿dónde está el peligro?
El ‘hombre araña’
La comunidad de Ciudadela de Sevilla ha sido testigo de cómo el ‘hombre araña’ resultó siendo uno de sus vecinos. ¿Qué tiene en la mano? No se sabe, pero debe ser algo parecido a la pegajosa telaraña del conocido Spider Man.
El ‘hijuemadre’, como seguramente le han dicho muchos habitantes de esta unidad residencial, es capaz de treparse por las redes de gas hasta el piso 15, desde allí deslizarse hasta el apartamento de turno…y salir con las cosas de valor que se encuentre a su paso. Mejor dicho, están con el enemigo durmiendo al lado.
Hoy en día, y luego de ser cogido in fraganti, el ‘hombre araña’ posa en una cárcel. Pero su legado continúa, quizá en quienes vieron en él a un héroe épico, un ejemplo a seguir. Según las denuncias de la comunidad, la bandita que opera en la unidad, aprovecha la altura para detectar a desprevenidos transeúntes y ¡Zuaz! Ir por sus cositas, muchos de ellos, estudiantes de la Universidad de Antioquia.
Sin embargo, este no es el único sinsabor que inquieta a la comunidad. En silencio, como quien no quiere la cosa, pero con ese nudo que aprieta el pecho, muchos de los habitantes se están aventando a abrir la boca, a denunciar el cobro de vacunas en El Chagualo, a comerciantes y a quienes estacionan sus vehículos en las calles.
Se trata de un “no más”, no más de esa violencia silenciosa que la comunidad quiere fuera de El Chagualo, ese barrio dividido que con el paso del tiempo que acerca un poquito más, de a centímetros, cada vez que los problemas se van presentado para todos por igual, sin importar quien viva en una casa o en un piso 14 de apartamentos.
Gases lacrimógenos
Eso de que los problemas afectan a todos por igual, si que lo saben en El Chagualo, y más cuando, bien sea por el Día del Estudiante Caído o la visita de Condoleezza Rice, eso en la Universidad de Antioquia se prende.
Comienza la batalla campal en la que los estudiantes tiran artefactos al escuadrón móvil antidisturbios, y éstos a su vez, lanzan los gases lacrimógenos. “Pero en todo este tiempo ¿acaso no se han dado cuenta que el viento nos tira los gases a nosotros?”, preguntan en el barrio.
¡Ay cuando comienzan a sonar las explosiones! Todo el mundo a correr para tapar las ventanas con las colchas e ir a la tienda por una bolsa de leche y así tener que echarse en los ojos una vez comience la contienda. Pero nunca es suficiente, y el gas lacrimógeno comienza a hacer efecto, los ojos se van irritando, la garganta comienza a picar, y uno comienza a llorar sin querer llorar, como picando cebollas. Vaya tortura la de los habitantes de El Chagualo: protesta en la U de A, llorada segura para ellos.
Un barrio que suena a distante, a extraño. Sin embargo, de seguro, muchos lo han caminado, cuando han pasado la calle Barranquilla para tomar el bus. Lo han aspirado, cuando se han quedado en Bantú disfrutando eso de ser bohemio. Lo han escuchado, al pasar por los talleres de vehículos. Lo han probado, al comer las cocaditas costeñas y las arepitas de queso que venden al frente de la U de A…ese es el desconocido Chagualo.
