Wednesday, November 25, 2009

En el corazón de Medellín, El Chagualo

En medio de la industria, atrapado por el cemento y protegido con un neumático, sobrevive quizá el último chagualo de este barrio céntrico de Medellín. Es de flores amarillas, un puntico de alegría, un oasis en medio de la nada, en medio del gris al que el ser humano se va acostumbrando.

“¿El Chagualo?” “¿Qué es El Chagualo?” Es una pregunta recurrente incluso entre sus mismos habitantes, porque pocos saben que así es que se llama precisamente uno de los barrios de La Candelaria.

Los unos creen que viven en Sevilla, o que simplemente es el Centro. Otros, aspiran a llamar su barrio Los Álamos; pero a pesar de los pesares, este barrio se llama El Chagualo, así como el árbol de flores amarillas o rosadas, que al ser guardadas en un libro, conservan ese aroma floral que se antoja a enamoramiento.

Es más, El Chagualo está perfectamente delimitado. Entre las avenidas del Río y Ferrocarril y la glorieta de Fatelares y la Calle Barranquilla, se congrega la industria, el comercio y la vivienda, como un todo, como un núcleo y a la vez desperdigados, ajenos los unos de los otros.

El barrio pareció dividirse en dos, en el momento que comenzaron a surcar los cielos las edificaciones que hoy componen las unidades residenciales Paseo Sevilla, Ciudadela Sevilla y Torres de la Fuente, que si bien hacen honor a un sector distinto, pertenecen a El Chagualo.

Así, quedó por un lado el antiguo Chagualo, el del comercio y la industria, calles barriales donde se puede comprar madera, intercambiar chatarra, mandar a arreglar el carro o adquirir el mobiliario para remodelar el baño. El antiguo Chagualo de casas grandes, a la vieja data, unas para vivir y otras para guardar retazos, espumas o telas.

Al otro lado, el nuevo Chagualo, el de los edificios, el de las piscinas y parques recreativos, apartamentos como una cajita de fósforo, desde donde ajenos y altivos, los habitantes pueden ver el resto del barrio, al que no parecen pertenecer. De hecho, quienes habitan los apartamentos, según dicen, temen cruzar las calles de sus vecinos. Pero acaso ¿dónde está el peligro?

El ‘hombre araña’

La comunidad de Ciudadela de Sevilla ha sido testigo de cómo el ‘hombre araña’ resultó siendo uno de sus vecinos. ¿Qué tiene en la mano? No se sabe, pero debe ser algo parecido a la pegajosa telaraña del conocido Spider Man.

El ‘hijuemadre’, como seguramente le han dicho muchos habitantes de esta unidad residencial, es capaz de treparse por las redes de gas hasta el piso 15, desde allí deslizarse hasta el apartamento de turno…y salir con las cosas de valor que se encuentre a su paso. Mejor dicho, están con el enemigo durmiendo al lado.

Hoy en día, y luego de ser cogido in fraganti, el ‘hombre araña’ posa en una cárcel. Pero su legado continúa, quizá en quienes vieron en él a un héroe épico, un ejemplo a seguir. Según las denuncias de la comunidad, la bandita que opera en la unidad, aprovecha la altura para detectar a desprevenidos transeúntes y ¡Zuaz! Ir por sus cositas, muchos de ellos, estudiantes de la Universidad de Antioquia.

Sin embargo, este no es el único sinsabor que inquieta a la comunidad. En silencio, como quien no quiere la cosa, pero con ese nudo que aprieta el pecho, muchos de los habitantes se están aventando a abrir la boca, a denunciar el cobro de vacunas en El Chagualo, a comerciantes y a quienes estacionan sus vehículos en las calles.

Se trata de un “no más”, no más de esa violencia silenciosa que la comunidad quiere fuera de El Chagualo, ese barrio dividido que con el paso del tiempo que acerca un poquito más, de a centímetros, cada vez que los problemas se van presentado para todos por igual, sin importar quien viva en una casa o en un piso 14 de apartamentos.

Gases lacrimógenos

Eso de que los problemas afectan a todos por igual, si que lo saben en El Chagualo, y más cuando, bien sea por el Día del Estudiante Caído o la visita de Condoleezza Rice, eso en la Universidad de Antioquia se prende.

Comienza la batalla campal en la que los estudiantes tiran artefactos al escuadrón móvil antidisturbios, y éstos a su vez, lanzan los gases lacrimógenos. “Pero en todo este tiempo ¿acaso no se han dado cuenta que el viento nos tira los gases a nosotros?”, preguntan en el barrio.

¡Ay cuando comienzan a sonar las explosiones! Todo el mundo a correr para tapar las ventanas con las colchas e ir a la tienda por una bolsa de leche y así tener que echarse en los ojos una vez comience la contienda. Pero nunca es suficiente, y el gas lacrimógeno comienza a hacer efecto, los ojos se van irritando, la garganta comienza a picar, y uno comienza a llorar sin querer llorar, como picando cebollas. Vaya tortura la de los habitantes de El Chagualo: protesta en la U de A, llorada segura para ellos.

Un barrio que suena a distante, a extraño. Sin embargo, de seguro, muchos lo han caminado, cuando han pasado la calle Barranquilla para tomar el bus. Lo han aspirado, cuando se han quedado en Bantú disfrutando eso de ser bohemio. Lo han escuchado, al pasar por los talleres de vehículos. Lo han probado, al comer las cocaditas costeñas y las arepitas de queso que venden al frente de la U de A…ese es el desconocido Chagualo.

Thursday, November 19, 2009

Gonorrea país de mierda, de mierda

En días pasados, Adriana me contó sobre una carta que estaba escribiendo a los padres de su amigo francés, quienes al saber del posible arribo de su hijo a Colombia, pegaron el grito en el cielo. “¿Colombia?”

En dicha carta, Adriana se esmeró por contarles a los preocupados padres, que si bien Colombia y Medellín no son la panacea, guardan enormes y hermosos secretos, que sin duda enamorarán a David, como creo se llama el francés.

Paisajes alucinantes y personas encantadoras. Y qué mejor que acuñar aquella frase de promisión turística: “el peligro es que te quieras quedar”.

Pues bien, si bien sé que este escrito no llegará a manos de los franceses, sí estaré rezando para que por favor, no dejen venir a su hijo a esta ciudad de mierda.

¿Dónde está la gente buena de la que habla Adriana? Si nosotros, los colombianos, somos de la peor calaña, acá no hay respeto, nos matamos, atracamos, maltratamos.

No nos importa el otro, el otro vale mierda, vale coño que alguien se sacrifique por trabajar, porque al salir a la calle habrá alguien quien con un chuzo te atraque; y si ponés resistencia a que te arrebaten eso que con tanto esfuerzo conseguiste, te matan, así sin más, te matan y entre más puñaladas te den mejor.

Y si hay tiempo para sacarte las tripas, te las sacan, y si se las pueden llevar para venderlas en las fritangas del Centro, pues se las llevan y alguien ha de comérselas pensando que son de pollo.

Colombia no es un país para venir, Colombia es un país para dejar y olvidar.

Estoy cansado de vivir en una ciudad donde al ver a un negro, a un valija, a un señor encachacado, al que sea, esté con temor presente de un atraco, que me van a quitar lo poco que tengo, que me van a matar.

Hijueputas, era un pinche celular de cien mil pesos, que no es nada, pero que para mí significa una semana de sacrificio, de madrugar, de escribir, de quedarme hasta tarde revisando una hijueputa página carechimba.

Carechimbas hijueputas, de verdad, con todo corazón, les deseo lo peor, malnacidos, que sus madres sean violadas por el culo con un martillo, y se lo rompan bien duro, que les partan los dientes, que les saquen los ojos, que las estripen con un carro mientras suplican el perdón para sus hijos que no se merecen, que lo único que se merecen es haber nacido en este ciudad de mierda, esta Medellín agobiante que no entiendo yo, que castigo estoy pagando, para haber nacido en este hijueputa rincón del mundo que odio, odio esta hijueputa ciudad, y más le vale a Adriana, que yo no me consiga el correo de los franceses, porque les voy a contar sobre la verdadera cara de este país gonorrea de mierda, de mierda.

PD. Si, me atracaron otra vez en un bus de Itagüí. Por fa, envíenme sus números celulares.

Wednesday, November 18, 2009

Golondrinas, un barrio que espera florecer

En busca de la primavera, así, en una actitud esperanzadora, llegan de tierras lejanas las personas a Golondrinas. Bien sea del Chocó, los municipios antioqueños, o del mismo Valle de Aburrá, los emigrantes buscan mejores vientos en esta montaña de Medellín, así como lo hace esa especie voladora que tanto gusta a los humanos por ser presagio de buenos tiempos, la misma que le da el nombre a este barrio de extraños, que en medio de la emergencia, se vuelve familia.

Lo que no es extraño para quienes llegan día con día a Golondrinas, es encontrarse en sus calles, historias similares a las que motivaron su arribo a este barrio de la Comuna 8. No importa que haya que hacer, la vida propia y la de los seres amados debe ser preservada, a costa de dejarlo todo, incluidos los recuerdos si es necesario.

Porque, para qué recordar que en Bojayá, Quibdó, Bolombolo o Cañas Gordas se tenía todo, “pobremente, pero todo”, si acá hay que comenzar de ceros, volver a nacer. Ni siquiera hay agua potable, en casas donde viven hasta tres núcleos familiares, compartiéndolo todo, el aire para respirar y las tablas que protegen contra el frío, el viento y la lluvia.

Calles de contrastes

Caminan los rubios, los morenos, los blancos, los pálidos y los negros, todos sin distinción alguna. En este barrio el color de piel no indica nada más que igualdad, porque a pesar del origen de cada uno de ellos, todos están en las mismas condiciones.

Por eso una rubiecita con cachetes colorados, como proveniente de los cafetales del Suroeste, se columpia al lado de la negrita con trencitas anudadas con chulitos blancos, la misma que supo llegar más lejos al momento de lanzarse por los aires.

Los unos, más pasivos, han sabido soportar la alegría de los otros, que se transforma en música a todo taco los fines de semana, para hacer ejercicio, para el oficio en la casa o para olvidar las penas. Y suena el Mapalé, el Vallenato y la Champeta, y los sonidos cadenciosos que van apoderando del barrio, mientras se lavan los carros en la calle o se juega un cotejo de fútbol.

Por su parte, los olores van encadenando un tipo de memoria culinaria del país, propia del exilio, del despatriado…sancochos, sopas de queso, patacones, fríjoles con aguacate, sudados, arroz con coco…a la hora del almuerzo, cuando hay con qué, Golondrinas huele a dioses.

El recorrido

La salvedad “cuando hay con qué”, es necesaria para aclarar que en este barrio, abrigo del desplazado, a veces no hay ni para la aguapanela. Por eso se hizo común en Golondrinas, que las personas vayan a los ‘recorridos de la pobreza’, una búsqueda para tener con qué comer.

Los lunes Manrique, los martes Buenos Aires, los miércoles la Central Minorista y los sábados Tejelo. Los demás barrios y municipios del Valle de Aburrá cualquier día, todos cuantos sean necesarios para tocar en el corazón de la gente y recibir algo con qué sobrevivir en esta urbe tan apática y a la vez tan solidaria.

Sin embargo, salir por los barrios de Medellín no implica simplemente la tarea de humillarse por un poco de comida, de ropa, de misericordia. ¿Qué hace una mujer cuando le piden sexo a cambio de ayuda?

Mujeres, hombres y niños se exponen a cientos de peligros por el simple hecho de pedir. Insultos, instigaciones, amenazas de los combos, acoso sexual…si los niños quedan en casa ¿cómo evitar que la vela que reemplaza los servicios desconectados vuelva todo una hoguera? Si se cargan a la espalda para los recorridos ¿cómo evitar los peligros de la calle? Una de tantas sin salidas que plantea la pobreza, esa que nos aferra a Dios y a nuestro instinto de supervivencia.

Una súplica

Golondrinas es un barrio normal, en el que la gente hace el mandado a la tienda, los niños juegan en el parque y la iglesia reúne a los bienaventurados. Pero no es normal, que las basuras de todo un barrio, queden a la intemperie, al gusto de perros, cucarachas, ratas y chulos.

Liliana Holguín, recuerda que hace 13 años, cuando llegó al barrio, las basuras se sacaban a la puerta, como es normal. Sin embargo, para mejorar la recolección de los desperdicios, se decidió hacer un gran cajón para agrupar la basura justo antes de la llegada del camión. ¡Bendito sea! El cajón quedó al lado de su casa, y ahí comenzó un martirio con olor a infierno.

Con ella viven su hija embarazada, 10 niños, un cáncer que amenaza con apagar su vida, y ese olorcito que los acompaña al despertar, al cerrar los ojos, al soñar, ese que parece pegarse a la ropa y el que a pesar de las súplicas sigue allí, recordándoles el basurero en el que viven.

Los miércoles y sábados, una mini-Pradera se apodera de Golondrinas, una montaña de basuras a la espera del carro recolector, que jamás cesa, porque a las personas no parece importarles Liliana, y día con día le echan leña a esa hoguera nauseabunda, que amerita, una pronta intervención para que al menos, la disposición, no quede al mando de roedores y demás animales, para que lo que se supone es un cajón sea cajón y no unas tablas que no soportan todo eso que el barrio Golondrinas ya no quiere, y menos Liliana.

Golondrinas, al final de todo, espera hacer honor a su nombre, al presagio de la primavera, de los mejores tiempos. Esa gran familia de negros y blancos, hombres y mujeres, niños y ancianos, pobres y pobres que alerta, esperan el florecimiento de esa vida que la violencia marchitó.

Tuesday, November 10, 2009

Moravia late a otro ritmo. Comienzan los Dìas de Moravia.

Quienes transitaban los corredores y pasillos de la Universidad de Antioquia a finales de la década del 70 y principios de la del 80, deben recordar un olor fétido que invadía las aulas, un olor a basura que provenía de aquel morro cercano donde se depositaban los desperdicios de la ciudad y del que las malas lenguas hablaban de niños que se peleaban con los gallinazos por restos de comida. Allí, donde por increíble que pareciera vivía gente, quizá como esa única oportunidad de contar con un techo donde dormir.

Moravia, como corazón de la ciudad, era el epicentro que recibía lo que ya no servía, al cual, con el tiempo, llegó la violencia en sus distintas expresiones, haciéndolo quizá, el barrio más peligroso de la entonces ciudad más peligrosa del mundo. El corazón de Medellín era sinónimo de basura y de violencia.

Hoy, ese corazón late a otro ritmo, al de la esperanza, la misma con la que cual sus habitantes se alistan para celebrar la jornada ‘Días de Moravia’, un espacio intergeneracional donde el barrio mostrará con orgullo su transformación: la pacificación y el reasentamiento de las familias a lugares más dignos para vivir.

De mañana al 16 de noviembre, se desarrollará una programación cultural, empresarial, lúdica, deportiva y reflexiva, en torno a 60 eventos, entre los que se cuenta la muestra comercial ‘Moravia consolida su tejido productivo’, los días 13 y 14 de noviembre.

Por su parte, la inauguración oficial se realizará hoy a las nueve de la mañana en el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, junto a los habitantes y líderes del barrio. Asimismo, esta será una ocasión para reasentar 14 familias de El Morro en la Ciudadela Nuevo Occidente, llegando así a la cobertura del 60% de los hogares que vivían específicamente en la montaña de basuras.

Recuperación

“El barrio Moravia está transformado, con muchas ganas de seguir apostándole a la transformación, con un morro casi desocupado”, indicó Paula Andrea Londoño, gerenta de Moravia, quien resaltó, además, el reasentamiento total de 1480 familias, contando tanto las 1133 familias de El Morro, como las de los sectores La Herradura y Oasis Tropical.

“Ese es nuestro gran logro y esperamos que en el 2010 culminemos lo que es el reasentamiento de El Morro, y comencemos la recuperación ambiental”, afirmó finalmente la funcionaria.

Por su parte, Jorge Humberto Melguizo, secretario de Desarrollo Social, resaltó la continuidad de la transformación integral de Moravia, esta vez gracias a que el Ayuntamiento de Barcelona anunció la entrega de recursos que serán destinados a la intervención de nuevo espacio público en este barrio de la Comuna 4.

“Estamos en el sexto año de intervención y hoy Moravia puede ser para esta ciudad, lo que Medellín comienza a ser para el mundo, un lugar que servirá para ver la transformación”, dijo Melguizo, resaltando la inversión oficial que ya asciende a $104 millones, sin contar los derechos de cooperación, con los cuales por ejemplo, fue posible la construcción del Centro de Desarrollo Cultural de Moravia.

A esta ayuda podría sumarse la presencia de Cooperación holandesa, que ya preaprobó un monto de 13 millones de euros para intervención social en Moravia, los que se harían efectivos en 2010 de aprobarse definitivamente.

Adicionalmente, el funcionario realizó un balance sobre el proceso de recuperación de Moravia, en el que resaltó que para la Feria de Flores del próximo año ya no debe vivir ninguna familia en El Morro, donde hoy se ubican todavía 654 grupos familiares.

“Dentro de varios años, no sabemos cuántos, el cerro podrá diseñarse con un equipamiento de uso deportivo, recreativo y cultural para la ciudad, después de que se haya hecho esa recuperación ambiental”, explicó Jorge Melguizo, recordando el convenio pactado para esta recuperación con el Área Metropolitana y la Universidad Tecnológica de Cataluña.

¿Qué falta?

“Todavía falta mucho, hay una pobreza tremenda en muchos hogares, inseguridad en muchos sitios, pero Moravia es un barrio muy distinto al que era hace seis años. Nosotros en el 2011 tendremos un cerro completamente verde, sin ninguna vivienda, tendremos un proceso de recuperación ambiental muy fuerte, con cooperación extranjera, tendremos en marcha un parque industrial del reciclaje, más todo lo que se ha hecho que es el centro de salud, el colegio de calidad, los parques lineales, el Paseo Urbano Carabobo, el Centro Cultural de Moravia”, resaltó el Secretario de Desarrollo Social de Medellín.

Así, es que se marca el nuevo destino de un barrio surgido del error, cuando a alguien se le ocurrió por allá en 1969, que a cinco minutos del Centro se podían despojar las basuras a cielo abierto. Un error que se profundizó cuando alguien permitió que allí se asentaran las familias que 30 años después celebrarán una nueva cara del corazón de Medellín en los Días de Moravia.

Saturday, November 07, 2009

Me gustas tú

No me gusta la música de plancha, me gustas tú. No me gusta Noemí Sanín, me gustas tú. No me gusta el niño poeta, me gustas tú. No me gusta Fernando Vallejo, me gustas tú. No me gusta Álvaro Uribe Vélez, me gustas tú. No me gusta Ricardo Arjona, me gustas tú.

Tuesday, November 03, 2009

“En La Gloria vivimos en la gloria”

Primera generación

Doña Nela a lo único que le tiene miedo es a la muerte, por eso vive pendiente de esta sigilosa atrevida, para que no venga y se la lleve, como ya lo ha hecho con siete de sus hijos y su esposo, que en paz descansen. De resto, no le importa nada más, ni lo que digan de ella.

Que tiene una voz ronca de tanto fumar…sí ¿Y qué? Que es la más avispada a la hora de jugar parqués… sí ¿Y qué? Y que estando en el octavo piso de su vida no deja de tomarse sus traguitos… sí ¿Y qué?

En 1956 Nela llegó al barrio La Gloria con su esposo ‘Caliche’, a este retoñito donde criaron a sus 17 hijos, un esfuerzo suficiente para darse permiso en esas cosas que le gustan.

Del primer gustico, la regla fundamental es fumar cigarrillo sin filtro, el del indio, porque “ya me acostumbré a este, los otros no me gustan porque no me hacen nada, no me quitan las ganas. Es que los buenos fumadores, fumamos sin filtro”, dice.

De hecho, los médicos amigos a la familia (porque nunca va al médico) le han recomendado que siga fumando. Con más de 80 años encima, Nela fuma lo que un joven no puede, y con orgullo lo cuenta, así con su voz ronca, que aunque ella no crea, es bueno escuchar.

Siguiendo con la lista, el juego es otro de sus placeres. Nela, una típica abuela de 80 años, no confía mucho en que tenga habilidades extraordinarias para el parqués, simplemente lo deja a la suerte. “Soy buena jugadora cuando gano, pero cuando no, pues obvio no”, concluye sabiamente.

En cuanto a los traguitos, éstos no han de faltar en su vida, sin llegar eso sí a la borrachera. Unos buenos cuatro antioqueños son la dosis indicada para irse a dormir tranquila.

Del barrio lo que más destaca es el progreso, lejos del pantanero al que llegó cuando comenzó a construir familia. Eso sí, aún critica la estreches de sus cuadras, en donde, como si nada, los dueños de carros particulares los ubican como si fuesen un parqueadero más.

“Doña Nela, ¿A qué se debe el nombre La Gloria?” “Yo no sé”, responde como si jamás se lo hubiese cuestionado.

Segunda generación

Sus hermanos se llaman, por ejemplo, Claudia, Gloria, Jaime, Iván o Gabriel Jaime, y a todos ellos les dicen ‘Los Caliches’. A él, Carlos Sánchez, sería el único que le saldría el apodo, pero eso va para todos por igual, una herencia de su padre ‘Caliche’, quien llegó al barrio con doña Mela en 1956, junto a los demás trabajadores del Seguro Social que encontraron en La Gloria esa oportunidad de tener casita propia, allí en la cuadra del Seguro.

“¿Dónde viven ‘Los Caliches? Es sino que pregunte y acá todo el mundo le dice que allí no más”, dice Carlos, que como sus demás hermanos, goza de lo que para muchas personas de hoy podría ser una bendición, la delgadez, otro de los referentes que le cuentan a uno cuando pregunta por ellos en el barrio.

Eso de ‘Los Caliches’ les servio a los hermanos para dominar el barrio, en épocas de la chucha cogida, el escondrijo y los picaditos de fútbol, cuando además se realizaban guerras de fósforos en contra ‘Los Callejas’ y se podía ver lo mejor del cine en el Teatro Mariscal, donde para que los dejaran entrar, los niños llevaban canastos de verduras y flores que se robaban de las casas vecinas.

Recordar esta época es suficiente para que a Carlos se le iluminen sus ojos claros, con la cierta impotencia que da el no regreso de eso que ya mató el tiempo, porque a pesar de los recuerdos, el tiempo lo mata todo, especialmente nuestra niñez.

Aún así, como en toda cuadra, en todo barrio, los mitos y los recuerdos de la niñez no son siempre gratos. Por eso Carlos, al hablar de cuando era ‘chiquito’, rememora la historia de las mellizas. Allí en La Gloria, en una de sus casas, vivía una viejita muy viejita con un par de niñas, mellizas ellas. Algún día, esa viejita muy viejita, quiso hacer un remedio para sus nietas. Tan viejita ella, confundió un tarro de remedio, con uno de veneno, y ¡Zuaz! La viejita muy viejita las curó definitivamente, las envenenó.

“’Caliche’, ¿A qué se debe el nombre La Gloria?” Y al igual que su madre, tampoco supo responder.

Tercera generación

Celina Giraldo no es una matrona del barrio, tampoco una de sus hijas. Celina es una invitada, quien como cosa rara, llegó a La Gloria luego de ser víctima de la violencia, de la que hoy no recuerda con certeza si fue provocada por los unos, por los otros o por todos los bandos del absurdo.

En el 2001, mataron a dos de sus familiares en la vereda La Dorada de San Rafael. Por eso ella y el resto de su familia lo dejaron todo, porque por más casa que uno tenga, ésta no es nada si uno no tiene la vida.

Montería fue un primer y no muy afortunado destino, hasta que por cosas de la vida, porque ésta no ha de ser siempre injusta, pudieron conseguir un local en La Gloria para montar así la Salsametaria El Faro, el final de un suplicio que significaba ser desplazado y campesino en una ciudad donde serlo es una inmensa cruz con la que hay que cargar, un letrero pintado en la frente como la marca del ganado.

Dos años en El Faro, les ha permitido acomodarse a la urbe, al continuo movimiento alejado de la quietud de las colinas de San Rafael.

Don Mario va y se toma sus guaros, doña Elda hace lo propio con el mercado y Elías que se mantiene allá metido, molestando y divirtiendo. Son sólo tres de los vecinos del barrio que les abrieron las puertas, de quienes dicen, los caracteriza la amabilidad y la solidaridad, por eso, si hay que madrugar a las 5 de la mañana para que el carro de la leche no se pase, pues se madruga, todo con tal de tener la leche fresca para tomar, como sacada del campo, allí, donde con nostalgia en la mirada, Celina dice querer volver.

“’Celina’, ¿A qué se debe el nombre La Gloria?” Un tercer “no sé” fue la respuesta a esta pregunta.

La Gloria, un barrio de calles estrechas, casas de tres pisos, tiendas para que se parchen los viejitos y los más jóvenes, un Parque Biblioteca, ancianos, niños, adultos, negros, blancos, gatos y perros, dos iglesias, tres colegios, La 80 a su esplendor, tranquilidad, tardes de lluvia, mañanas soleadas, profesionales, amas de casa y pocos desempleados, uno de esos buenos vivideros de la ciudad. A todas estas ¿A qué se debe el nombre La Gloria?” Nela, Carlos y Celina, tres generaciones distintas, una misma respuesta: “esto se debe llamar La Gloria porque vivir acá es toda una gloria”.

Wednesday, October 21, 2009

Arriba Satán

No practico la magia negra y mucho menos la prostitución. Tomo y fumo yerba de vez en cuando y no quiere decir que sea adicto. Promiscuo...ya quisiera y no tengo pactos con Satán. La única enfermedad que les voy a pegar a quienes se idearon esa campaña en UPB es la homosexualidad. Ah, pero qué mal, eso no se pega. Ya quisiera yo pasarle la enfermedad a más de uno. ¡Ignorantes e irresponsables! La Homosexualidad no es un cuento que te pueda enfermar, porque no es una enfermedad. Y qué viva la magia negra, la prostitución, la promiscuidad, la yerba y arriba Satán.